Una figura masculina fragmentada en diferentes rostros. Una misma identidad atravesada por múltiples actitudes.
Esta obra surge de la confrontación con determinadas formas de masculinidad en las que el ego, la superioridad, el control y la impunidad ocupan el centro.
Las palabras tatuadas sobre el rostro funcionan como una segunda piel: nombran comportamientos que, lejos de ser excepcionales, pueden aparecer normalizados en determinados contextos.
En el fondo, otras palabras construyen una trama más amplia: el privilegio, el silencio, la complicidad, la desigualdad, la normalización.
La paleta de negros y azules genera una atmósfera fría y contenida, mientras que los granates y rojos irrumpen sobre el rostro como una ruptura, una herida o una señal de alarma.
La multiplicidad de caras no representa a un individuo concreto. Representa un patrón.
La obra nace del enfado, pero no pretende quedarse en él. Es una transformación: convertir aquello que desordena, incomoda o indigna en imagen, materia y lenguaje.
